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 Novembre 2006, Nº 151 Minimizar

Violencia escolar (2)

Nos comprometimos en el número anterior a abordar el problema de la violencia escolar desde la perspectiva de la víctima, de los niños/as que sufren el llamado «bulling».

Para centrar el tema, hemos de tener en cuenta en primer lugar el momento de la vida en el que se sufre este acoso. Estamos hablando del periodo en el que se está produciendo el «proceso de socialización» del niño. Son los años en los que la persona va incorporando todos los elementos sociales. Algo realmente importante.

Pensemos en dos niños contemporáneos: uno nacido en el seno de la sociedad española (europea-occidental) y otro nacido en el seno de la sociedad tribal amazónica. Como todos podemos fácilmente imaginar, estos dos niños deben incorporar conocimientos, habilidades, roles, etc. muy distintos, en función de las necesidades futuras que presumiblemente les va a plantear su vida. El proceso educativo que se vive en esos años no es solo una simple suma de conocimientos escolares. También es fundamental el aprendizaje de los códigos sociales de la sociedad a la que se pertenece. Por eso, en el proceso educativo son igual de importantes la escuela, la familia y los demás ámbitos de relación de la persona en formación.

Pues bien, si tenemos este aspecto en cuenta (y hay que tenerlo en cuenta porque es fundamental) el acoso escolar toma una nueva y más preocupante dimensión.
Cuando se produce acoso escolar, «lo de menos» son los daños físicos, las collejas, empujones y golpes. Los robos y las humillaciones, la exclusión social, la indefensión y el temor, el miedo, son mucho más importantes. La persona que sufre acoso escolar recibe heridas internas muy graves, que no se ven como los moratones y heridas de la piel, pero que hacen mucho más daño y son mucho más difíciles de curar.

Para empezar, la víctima recibe una herida grave en su autoestima. Todos nosotros nos vemos reflejados en las personas que nos rodean. Para entendernos rápidamente digamos que si las personas que nos rodean nos admiran es muy posible que pensemos que somos grandes personas, personas admirables. Pero si las personas que nos rodean nos desprecian, tenderemos a pensar que somos personas despreciables. Este fenomeno es aún más evidente en personas en formación, en niños/as de menos de 15 años, en personas en edad escolar. Por eso, el acoso escolar, no tanto por los golpes (ya de por sí rechazables absolutamente) sino sobre todo por las humillaciones y desprecios, hace un daño profundo en la autoestima de la víctima y además lo hace justamente en los años en los que la imagen de sí misma empieza configurarse.
Por otra parte, el temor a la agresión hace que la víctima se debata en una gran contradicción: por un lado necesita ayuda externa (de los compañeros, que raramente asumen el riesgo de enfrentarse con los matones por defender a un compañero, y de los adultos, los padres y profesores) pero por otro lado no quiere aparecer como «acusica». El rizo de todo esto se produce cuando la víctima teme, que la intervención adulta pueda generar represalias aún más fuertes por parte de sus agresores. Por eso en muchos casos, la víctima prefiere callar y tratar de capear el temporal en soledad y por eso, en general, su problema se agrava hasta límites que en algunos casos ya conocidos llega al suicidio o la automarginación absoluta.

El acoso escolar es mucho más terrible que unas cuantas collejas. Es absolutamente rechazable, es dañino y es grave. Los daños causados son serios y la sociedad haría muy bien en colocar este problema, como mínimo, al mismo nivel del de la violencia machista contra mujeres.


  

Maria José, Psicóloga.
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