Violencia escolar (2)
Nos
comprometimos en el número anterior a abordar el problema de la
violencia escolar desde la perspectiva de la víctima, de los niños/as
que sufren el llamado «bulling».
Para
centrar el tema, hemos de tener en cuenta en primer lugar el momento de
la vida en el que se sufre este acoso. Estamos hablando del periodo en
el que se está produciendo el «proceso de socialización» del niño. Son
los años en los que la persona va incorporando todos los elementos
sociales. Algo realmente importante.
Pensemos
en dos niños contemporáneos: uno nacido en el seno de la sociedad
española (europea-occidental) y otro nacido en el seno de la sociedad
tribal amazónica. Como todos podemos fácilmente imaginar, estos dos
niños deben incorporar conocimientos, habilidades, roles, etc. muy
distintos, en función de las necesidades futuras que presumiblemente
les va a plantear su vida. El proceso educativo que se vive en esos
años no es solo una simple suma de conocimientos escolares. También es
fundamental el aprendizaje de los códigos sociales de la sociedad a la
que se pertenece. Por eso, en el proceso educativo son igual de
importantes la escuela, la familia y los demás ámbitos de relación de
la persona en formación.
Pues
bien, si tenemos este aspecto en cuenta (y hay que tenerlo en cuenta
porque es fundamental) el acoso escolar toma una nueva y más
preocupante dimensión.
Cuando se produce acoso escolar, «lo de
menos» son los daños físicos, las collejas, empujones y golpes. Los
robos y las humillaciones, la exclusión social, la indefensión y el
temor, el miedo, son mucho más importantes. La persona que sufre acoso
escolar recibe heridas internas muy graves, que no se ven como los
moratones y heridas de la piel, pero que hacen mucho más daño y son
mucho más difíciles de curar.
Para
empezar, la víctima recibe una herida grave en su autoestima. Todos
nosotros nos vemos reflejados en las personas que nos rodean. Para
entendernos rápidamente digamos que si las personas que nos rodean nos
admiran es muy posible que pensemos que somos grandes personas,
personas admirables. Pero si las personas que nos rodean nos
desprecian, tenderemos a pensar que somos personas despreciables. Este
fenomeno es aún más evidente en personas en formación, en niños/as de
menos de 15 años, en personas en edad escolar. Por eso, el acoso
escolar, no tanto por los golpes (ya de por sí rechazables
absolutamente) sino sobre todo por las humillaciones y desprecios, hace
un daño profundo en la autoestima de la víctima y además lo hace
justamente en los años en los que la imagen de sí misma empieza
configurarse.
Por otra parte, el temor a la agresión hace que la
víctima se debata en una gran contradicción: por un lado necesita ayuda
externa (de los compañeros, que raramente asumen el riesgo de
enfrentarse con los matones por defender a un compañero, y de los
adultos, los padres y profesores) pero por otro lado no quiere aparecer
como «acusica». El rizo de todo esto se produce cuando la víctima teme,
que la intervención adulta pueda generar represalias aún más fuertes
por parte de sus agresores. Por eso en muchos casos, la víctima
prefiere callar y tratar de capear el temporal en soledad y por eso, en
general, su problema se agrava hasta límites que en algunos casos ya
conocidos llega al suicidio o la automarginación absoluta.
El acoso
escolar es mucho más terrible que unas cuantas collejas. Es
absolutamente rechazable, es dañino y es grave. Los daños causados son
serios y la sociedad haría muy bien en colocar este problema, como
mínimo, al mismo nivel del de la violencia machista contra mujeres.