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 Septiembre 2006, Nº 149 Minimizar

Violencia machista

Hablamos en el último número de este periódico de los problemas de pareja que parece que en verano acaban traduciéndose en un número record de divordios en el mes de septiembre.Y cuando regresamos de las vacaciones nos encontramos con noticias escandalosas de la llamada violencia doméstica, a la que yo prefiero llamar violencia machista cuando las víctimas son mujeres.
La violencia machista ha sido ampliamente analizada en los medios de comunicación, pero permitan que yo me centre en uno de los aspectos psicológicos relacionados con ella. En concreto permitan que les hable del «síndrome del torturador».
Para explicarme, quiero empezar por recordar algo muy importante: los seres humanos tenemos la capacidad de «ponernos en el lugar del otro». Podemos «sentir» lo que siente el otro. Este mecanismo nos permite, por ejemplo, identificarnos con un personaje de una película o de una novela y «sentir» su miedo, o su alegría o su tristeza.
Cuando un hombre, impotente para imponer su criterio por la via del diálogo, recurre a un primer acto violento (una bofetada, un empujón, o cualquier otro acto agresivo) experimenta una sensación desagradable que se origina en la percepción del dolor experimentado por su víctima. Aunque pueda resultar extraño, el agresor experimenta una sensación  negativa que proviene de la percepción del sufrimiento infringido. Además, su imagen personal se ve dañada porque  el rechazo social a esos actos actúa como elemento censor añadido al del propio dolor de su víctima.
El problema llega aquí. El agresor, al experimentar esa sensación negativa, culpa a su víctima. Es su víctima el orígen de esa sensación negativa que experimenta. De esa forma, tras la agresión, no solo no se relaja su animadversión y agresividad hacia la víctima sino que aumenta. El factor desencadenante del primer gesto violento es ahora reforzado  por la sensación negativa que su víctima «le provoca».
En esa situación es muy posible que la agresividad aumentada acabe por desembocar en un nuevo acto agresivo que tendrá el mismo resultado: reforzará su animadversión y agresividad hacia la víctima.
Este mecanismo que algunos llaman «síndrome del torturador» es el que explica las barbaridades cometidas por algunos torturadores en las dictaduras sudamericanas. Torturadores que en otros ámbitos de la vida pasaban por «personas sensatas y normales» y que en en presencia de los disidentes recorrían una espiral creciente de violencia que ya sabemos hasta qué punto podía llegar.
El agresor machista es primero un hombre impotente para imponer sus criterios o deseos de forma no-violenta. Pero poco a poco su relación con la víctima se va haciendo cada vez más sufriente, más descentrada, más violenta. Por eso, un buen consejo es cortar de raíz la relación cuando aparezca el primer acto agresivo. De otra forma, la mujer será «culpada» por su agresor y el problema irá en aumento.
La esperanza de muchas mujeres por hacer cambiar a su pareja suele ser la antesala de nuevas agresiones y de una violencia creciente. El viejo consejo católico de que el matrimonio es para toda la vida y que la mujer ha de saber soportar los momentos malos, tiene sus raíces en la misma ignorancia que antes llevó a la hoguera a quienes afirmaron que la Tierra no era el centro del universo.


  

Maria José, Psicóloga.
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