Violencia machista
Hablamos en el último número de este periódico de los problemas de
pareja que parece que en verano acaban traduciéndose en un número
record de divordios en el mes de septiembre.Y cuando regresamos de las
vacaciones nos encontramos con noticias escandalosas de la llamada
violencia doméstica, a la que yo prefiero llamar violencia machista
cuando las víctimas son mujeres.
La violencia machista ha sido ampliamente analizada en los medios de
comunicación, pero permitan que yo me centre en uno de los aspectos
psicológicos relacionados con ella. En concreto permitan que les hable
del «síndrome del torturador».
Para explicarme, quiero empezar por recordar algo muy importante: los
seres humanos tenemos la capacidad de «ponernos en el lugar del otro».
Podemos «sentir» lo que siente el otro. Este mecanismo nos permite, por
ejemplo, identificarnos con un personaje de una película o de una
novela y «sentir» su miedo, o su alegría o su tristeza.
Cuando un hombre, impotente para imponer su criterio por la via del
diálogo, recurre a un primer acto violento (una bofetada, un empujón, o
cualquier otro acto agresivo) experimenta una sensación desagradable
que se origina en la percepción del dolor experimentado por su víctima.
Aunque pueda resultar extraño, el agresor experimenta una
sensación negativa que proviene de la percepción del sufrimiento
infringido. Además, su imagen personal se ve dañada porque el
rechazo social a esos actos actúa como elemento censor añadido al del
propio dolor de su víctima.
El problema llega aquí. El agresor, al experimentar esa sensación
negativa, culpa a su víctima. Es su víctima el orígen de esa sensación
negativa que experimenta. De esa forma, tras la agresión, no solo no se
relaja su animadversión y agresividad hacia la víctima sino que
aumenta. El factor desencadenante del primer gesto violento es ahora
reforzado por la sensación negativa que su víctima «le provoca».
En esa situación es muy posible que la agresividad aumentada acabe por
desembocar en un nuevo acto agresivo que tendrá el mismo resultado:
reforzará su animadversión y agresividad hacia la víctima.
Este mecanismo que algunos llaman «síndrome del torturador» es el que
explica las barbaridades cometidas por algunos torturadores en las
dictaduras sudamericanas. Torturadores que en otros ámbitos de la vida
pasaban por «personas sensatas y normales» y que en en presencia de los
disidentes recorrían una espiral creciente de violencia que ya sabemos
hasta qué punto podía llegar.
El agresor machista es primero un hombre impotente para imponer sus
criterios o deseos de forma no-violenta. Pero poco a poco su relación
con la víctima se va haciendo cada vez más sufriente, más descentrada,
más violenta. Por eso, un buen consejo es cortar de raíz la relación
cuando aparezca el primer acto agresivo. De otra forma, la mujer será
«culpada» por su agresor y el problema irá en aumento.
La esperanza de muchas mujeres por hacer cambiar a su pareja suele ser
la antesala de nuevas agresiones y de una violencia creciente. El viejo
consejo católico de que el matrimonio es para toda la vida y que la
mujer ha de saber soportar los momentos malos, tiene sus raíces en la
misma ignorancia que antes llevó a la hoguera a quienes afirmaron que
la Tierra no era el centro del universo.
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