Elecciones
De forma cíclica la sociedad atraviesa por periodos electorales. Este
mes empezamos uno de esos periodos y lo hacemos con la campaña que
precede a las elecciones autonómicas del día 1 de noviembre que vienen
precedidas por circunstancias que pueden resultar muy decisivas.
Para empezar son las elecciones tras el Estatut. Un proceso largo y
complejo que parece no haber conseguido agradar a todos los sectores:
para unos es el mejor Estatut posible y un gran avance en la autonomía
de Catalunya y para otros es un Estatut «descafeinado» que no cumple
con las espectativas del país. Las elecciones del 1 de Noviembre
reflejarán esta dual sensación de la ciudadanía.
Por otra parte son las elecciones tras el «Tripartit». Por primera vez
desde la transición, el gobierno de Catalunya fue encomendado al PSC
que parecía no contar con la confianza de la ciudadanía en las
elecciones autonómicas. Pero su mayoría era endeble y necesitaba
de la aportación de Iniciativa y ERC para gobernar. Se formó así un
tripartito que presidido por Maragall ha generado un sinfin de
situaciones conflictivas, desencuentros y anécdotas más o menos
significativas. Todo ello ha dejado la sensación de que con CiU si no
se vivía mejor, al menos todo era más «normal». Es probable que esta
«anoramlidad» política asociada al Tripartito pase factura en las
elecciones.
En tercer lugar, la inmigración situada en el primer puesto de las
preocupaciones de los ciudadanos puede condicionar también el voto. Si
los votantes muestran signos de rechazo o de simple prevención hacia la
llegada de más inmigrantes, su voto puede ir más hacia CiU que hacia
los partidos de izquierda porque CiU ha mostrado una imagen menos
«tolerante» con los inmigrantes. Por otro lado, la incorporación de
votantes originarios de otros países y que han accedido a este derecho
es todavía cuantitativamente baja como para que su influencia pueda ser
realmente significativa en los resultados.
Tampoco podemos dejar de mencionar el caso del PP, que siendo el
segundo partido más votado en el conjunto del Estado tiene en Catalunya
un perfil muy distinto que ya le llevó a resultados lamentables tras la
guerra de Irak y que, presumiblemente, tras su postura en la
negociación del Estatut cosechará una nueva reprimenda de los electores.
En todo caso, y para concluir este análisis, hay que presumir que los
resultados apretados de las últimas covocatorias electorales en el
ámbito catalán tendrán un nuevo episodio este 1N y que las urnas no
dejarán a ninguno de los partidos grandes en posiciones muy diferentes
de las que tenían.Salvo sorpresa nunca descartable del todo, los pactos
post-electorales volverán a determinar tanto la formación del nuevo
gobierno como su desempeño de los próximos años.
Moros y cristianos
Las declaraciones del nuevo Papa y las del viejo presidente Aznar han
encendido un poco más el fuego de la intolerancia religiosa. Como si
del antíguo enfrentamiento entre moros y cristianos se tratara, el
cruce de acusaciones entre fanáticos de ambos lados pone en peligro la
paz de todos. Acusan los cristianos a los moros de su intolerancia y su
fácil enojo por todo tipo de cuestiones y les acusan de su facilidad
para ponerse en pie de guerra mostrando la parafernalia del fanatismo
violento (quemas de banderas, amenazas y finalmente explosiones que
acaban con la vida de personas inocentes). Pero los moros acusan a los
cristianos de su falta de respeto por creencias para ellos sagradas y
de estar detrás de invasiones, guerras e injusticias que generan muchas
más víctimas inocentes que todos los atentados terroristas juntos.
Resulta paradójico que gentes que presumen de su adhesión a creencias
en principio pacíficas y pacifistas, creencias que anteponen lo
espiritual a lo material y el amor al odio, estén encabezando la
intolerancia y el matonismo. Pero la realidad es que las religiones
monoteístas empeñadas en ser las únicas verdaderas tienden a despreciar
a los no creyentes y a sentirse ofendidas y/o amenazadas por quienes no
comparten su forma de ver las cosas.
Cristianos y musulmanes tienen mucho de qué avergonzarse, tienen mucha
sangre y mucha injusticia de la que arrepentirse. Pero sobre todo
tienen un pecado de intolerancia que no encaja en absoluto con el
mensaje de sus maestros, profetas o dioses respectivos. El amor y no el
odio, la comprensión y no la intolerancia, podrían acercar a más
personas a sus creencias. Pero de momento, están demostrando al resto
de la humanidad que sus propuestas, lejos de ser liberadoras para el
ser humano, son cárceles en las que los seres humanos solo son
respetados si aceptan reglas de juego que tratan de imponer por la
fuerza (sea la fuerza militar, la fuerza económica o la fuerza del
miedo).
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