El barrio de los
disturbios
A
los muchos problemas que arrastra el barrio, se añade ahora esa especie de moda
que consiste en destrozar cosas en el Raval. Como si de una nueva actividad
lúdica se tratara, incendiar contenedores, romper escaparates y saquear
comercios, parece haberse convertido en uno de los nuevos atractivos de la
zona. No se trata de delincuentes organizados -como parecen insinuar algunos
dirigentes políticos- sino de garrulos borrachos que encuentran en las
celebraciones y el alcohol motivo suficiente para realizar sus fantasías
pseudo-contestatarias.
Ya
se encendieron las alertas cuando se detectaron campañas turísticas en las que
uno de los atractivos que se suponía ofrecía la ciudad era la posibilidad de
enfrentarse a la policía en algaradas callejeras. Pero tras los últimos incidentes
es evidente que al «garrulo local» le atrae tanto esta nueva actividad como al
«garrulo británico».
No cabe insistir en que este
tipo de tumultos han de ser inmediatamente erradicados. La responsabilidad
corresponde a los dirigentes políticos. No sirven explicaciones. Esto ha de
acabarse y punto. Y si ellos no saben como hacerlo, habrá que confiarles las
responsabilidades a otros dirigentes más capaces.
Delincuencia e inmigración
Los
asaltos a torres con los vecinos dentro y los secuestros express han generado
una comprensible psicosis. No era habitual que a una familia la asalten en su
casa, la maltraten e incluso torturen para robarles. Tampoco ser víctima de un
secuestro sin connotaciones políticas ni una posición social alta. Estamos ante
unas nuevas formas de delincuencia a las que habrá que encontrar medidas de
respuesta y, sobre todo, de prevención.
Pero
relacionar las nuevas formas de delincuencia con la inmigración es una forma
impresentable de demagogia. Quienes hacen estas relaciones saben perfectamente
que este tipo de mensajes calan rápidamente entre amplios sectores de la
población. Pero también saben que se trata de manipulación de la verdad.
Millones de inmigrantes se dedican a trabajar y a buscar un futuro para sí
mismos y para sus familias. Que unos cuantos se dediquen a la delincuencia es
solo la muestra de que en todos los colectivos hay un porcentaje de
delincuentes.
Hay
delincuentes entre las clases altas (no son sin papeles los de Marbella, ni los
de Forum Filatélico, ni los de Terra Mítica) que sin sudar demasiado desvalijan
a miles de familias o a las arcas del dinero público que es el dinero de todos.
Hay delincuentes entre los catalanes, entre los gitanos y entre los andaluces.
Hay delincuencia entre los gordos y entre los flacos, entre los calvos y entre
los melenudos, entre los hombres y entre las mujeres. ¿Cómo no iba a haber delincuentes entre los inmigrantes?.
Pero de ahí a relacionar delincuencia e inmigración hay un paso que solo
«delincuentes de la información» están dispuestos a dar.
El señor Acebes no tiene ningún peso moral, pero sus actitudes
manipuladoras son tan enervantes que parece mentira que pueda seguir teniendo
micrófonos delante de su hipócrita boca.
Estatut: entre el sí
posibilista y el no intransigente
En unos días tendremos que expresar en las urnas
nuestra opinión acerca del controvertido Estatut. La mayoría ni siquiera lo
habrá leído y de entre los que lo han leído, algunos no sabrán a ciencia cierta
en qué mejora al anterior. Así que la mayoría votará en función de la confianza
o desconfianza que le inspiren los políticos de las diferentes formaciones.
Pero
al final, todo se reducirá a dos posiciones:
El
SI no será el que defiende el estatuto ideal sino el que defiende el
Estatut que es posible en las ciscunstancias políticas actuales.
El
NO combinará el no de quienes no quieren renunciar al mejor estatuto
posible (ERC) y el de quienes no quieren ningún estatuto (PP).
Dadas las proporciones de
votantes de los partidos que defienden una y otra postura parece claro que
ganará el SI y que la verdadera incógnita estará en la participación.