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 Juny 2006, Nº 146 - EDITORIAL Minimizar

El barrio de los disturbios

A los muchos problemas que arrastra el barrio, se añade ahora esa especie de moda que consiste en destrozar cosas en el Raval. Como si de una nueva actividad lúdica se tratara, incendiar contenedores, romper escaparates y saquear comercios, parece haberse convertido en uno de los nuevos atractivos de la zona. No se trata de delincuentes organizados -como parecen insinuar algunos dirigentes políticos- sino de garrulos borrachos que encuentran en las celebraciones y el alcohol motivo suficiente para realizar sus fantasías pseudo-contestatarias.

Ya se encendieron las alertas cuando se detectaron campañas turísticas en las que uno de los atractivos que se suponía ofrecía la ciudad era la posibilidad de enfrentarse a la policía en algaradas callejeras. Pero tras los últimos incidentes es evidente que al «garrulo local» le atrae tanto esta nueva actividad como al «garrulo británico».

No cabe insistir en que este tipo de tumultos han de ser inmediatamente erradicados. La responsabilidad corresponde a los dirigentes políticos. No sirven explicaciones. Esto ha de acabarse y punto. Y si ellos no saben como hacerlo, habrá que confiarles las responsabilidades a otros dirigentes más capaces. 

 

Delincuencia e inmigración

Los asaltos a torres con los vecinos dentro y los secuestros express han generado una comprensible psicosis. No era habitual que a una familia la asalten en su casa, la maltraten e incluso torturen para robarles. Tampoco ser víctima de un secuestro sin connotaciones políticas ni una posición social alta. Estamos ante unas nuevas formas de delincuencia a las que habrá que encontrar medidas de respuesta y, sobre todo, de prevención.

Pero relacionar las nuevas formas de delincuencia con la inmigración es una forma impresentable de demagogia. Quienes hacen estas relaciones saben perfectamente que este tipo de mensajes calan rápidamente entre amplios sectores de la población. Pero también saben que se trata de manipulación de la verdad. Millones de inmigrantes se dedican a trabajar y a buscar un futuro para sí mismos y para sus familias. Que unos cuantos se dediquen a la delincuencia es solo la muestra de que en todos los colectivos hay un porcentaje de delincuentes.

Hay delincuentes entre las clases altas (no son sin papeles los de Marbella, ni los de Forum Filatélico, ni los de Terra Mítica) que sin sudar demasiado desvalijan a miles de familias o a las arcas del dinero público que es el dinero de todos. Hay delincuentes entre los catalanes, entre los gitanos y entre los andaluces. Hay delincuencia entre los gordos y entre los flacos, entre los calvos y entre los melenudos, entre los hombres y entre las mujeres. ¿Cómo no iba  a haber delincuentes entre los inmigrantes?. Pero de ahí a relacionar delincuencia e inmigración hay un paso que solo «delincuentes de la información» están dispuestos a dar.

El señor Acebes no  tiene ningún peso moral, pero sus actitudes manipuladoras son tan enervantes que parece mentira que pueda seguir teniendo micrófonos delante de su hipócrita boca.  

 

Estatut: entre el sí posibilista y el no intransigente

En  unos días tendremos que expresar en las urnas nuestra opinión acerca del controvertido Estatut. La mayoría ni siquiera lo habrá leído y de entre los que lo han leído, algunos no sabrán a ciencia cierta en qué mejora al anterior. Así que la mayoría votará en función de la confianza o desconfianza que le inspiren los políticos de las diferentes formaciones.

Pero al final, todo se reducirá a dos posiciones:

El SI no será el que defiende el estatuto ideal sino el que defiende el Estatut que es posible en las ciscunstancias políticas actuales.

El NO combinará el no de quienes no quieren renunciar al mejor estatuto posible (ERC) y el de quienes no quieren ningún estatuto (PP).

Dadas las proporciones de votantes de los partidos que defienden una y otra postura parece claro que ganará el SI y que la verdadera incógnita estará en la participación.    


  

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