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 Març 2006, Nº 143 - Editorial Minimizar

Caricaturas, libertades y sensibilidades

Que alguien publique caricaturas (o cualquier otro tipo de contenido) que puedan resultar ofensivas para un colectivo de personas no es, en principio, una iniciativa admirable, ni mucho menos. Que alguien reaccione de la forma que se ha reaccionado en muchas latitudes nos parece aún más desatinado y falto de respeto.

El valor de la libertad de expresión no puede ser un valor absoluto que se utilice de forma irresponsable aún a riesgo de producir mayores perjuicios que beneficios a la sociedad. No se trata de aceptar la censura ni la autocensura; se trata, simplemente, de reclamar la actitud responsable de quienes tienen en sus manos el privilegio de contar con una tribuna pública de comunicación social. Vivimos en sociedad y todos hemos de asumir nuestra pequeña parcela de responsabilidad en la mejora de la realidad que nos toca vivir.

Pero cuando unas caricaturas (o cualquier otro contenido) nos ofende o escandaliza, no podemos reaccionar amenazando de forma violenta. Y mucho menos amenazando de forma indiscriminada a todo un país como se ha hecho en los pasados días. O acaso ¿tiene derecho el ofendido a hacer que un danés cualquiera, su mujer y sus hijos se sientan amenazados por un hecho en el que no ha tenido ninguna responsabilidad?

Quienes han publicado las caricaturas (y, tras esta crisis, todos los medios de comunicación del mundo) tienen la oportunidad de revisar de nuevo la responsabilidad que tienen sus decisiones y ajustar, en base a su análisis, el carácter de los próximos contenidos de su publicación.

Pero hemos de condenar absolutamente a quienes, por sentirse ofendidos, han respondido con amenazas indiscriminadas y actos de violencia. De la misma forma que nos parece repulsivo que el gobierno israelí respondiera con represalias contra los familiares de los terroristas palestinos, nos parece repulsivo que se amenace a los ciudadanos de todo un país por los actos de los que son responsables indivíduos concretos.

Violencia y religión

Y no queremos dejar esta cuestión sin llamar la atención sobre la asociación entre violencia y religión que algunos parecen empeñados en implantar en los últimos tiempos. Europa vivió guerras espantosas entre católicos y protestantes; organizó cruzadas contra los musulmanes; justificó la inquisición... Incluso en tiempos recientes España vivió la pesadilla de una «cruzada» en la que el fascismo se apoyó en el nacional catolicismo para desatar una guerra y justificar una dictadura.

Cuando el señor Bush afirma que su perversa invasión de Irak se hace para «extender la libertad con la ayuda de dios» vuelve a utilizar la asociación entre violencia y religión para justificar lo que no son más que intereses humanos más próximos a la codicia que a cualquier expresión de la espiritualidad humana. Cuando algunos líderes musulmanes azuzan a sus seguidores para quemar mezquitas de otros musulmanes en una pugna por el poder político y religioso, dejan ver la misma asociación entre religión y violencia  que acaba generando muerte y destrucción y en la que no hay atisbo de espiritualidad y sí codicia y manipulación.
La religión ha sido frecuentemente utilizada para exaltar a las masas por su fuerte contenido de pasión. Pese a que todas ellas hablan de amor y superación, de virtud y caridad, de paz y espiritualidad, muchos de sus seguidores acaban queriendo expresar su profunda convicción mediante actos que son más propios del fanatismo. Y cuanto mayor es el fanatismo menor es la elaboración, la comprensión y, por tanto, la calidad de su creencia.

El creyente religioso, sea de la religión que sea, trata de avanzar por el camino de la espiritualidad. Lo hará guiado por Cristo, por Mahoma, por Buda, por Lao Tse o por un libro sagrado. Pero siempre será el camino de la espiritualidad. Un camino de paz, de virtud, de solidaridad humana.

El camino de la violencia suele ser el camino de quienes utilizan a Cristo, a Mahoma o a los libros sagrados para interpretarlos de forma interesada y manejar de esa forma a masas apasionadas para conseguir objetivos alejados de la espiritualidad.

Reclamemos máximo respeto (e incluso admiración) para los hombres que quieren avanzar por el camino de la espiritualidad y guardémonos de los líderes que utilizan la religión para enfrentar a unos hombres contra otros. Su camino es falso y lo que dejan en las cunetas es muerte. 


  

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