Caricaturas, libertades y sensibilidades
Que alguien publique caricaturas (o cualquier otro tipo de contenido)
que puedan resultar ofensivas para un colectivo de personas no es, en
principio, una iniciativa admirable, ni mucho menos. Que alguien
reaccione de la forma que se ha reaccionado en muchas latitudes nos
parece aún más desatinado y falto de respeto.
El valor de la libertad de expresión no puede ser un valor absoluto que
se utilice de forma irresponsable aún a riesgo de producir mayores
perjuicios que beneficios a la sociedad. No se trata de aceptar la
censura ni la autocensura; se trata, simplemente, de reclamar la
actitud responsable de quienes tienen en sus manos el privilegio de
contar con una tribuna pública de comunicación social. Vivimos en
sociedad y todos hemos de asumir nuestra pequeña parcela de
responsabilidad en la mejora de la realidad que nos toca vivir.
Pero cuando unas caricaturas (o cualquier otro contenido) nos ofende o
escandaliza, no podemos reaccionar amenazando de forma violenta. Y
mucho menos amenazando de forma indiscriminada a todo un país como se
ha hecho en los pasados días. O acaso ¿tiene derecho el ofendido a
hacer que un danés cualquiera, su mujer y sus hijos se sientan
amenazados por un hecho en el que no ha tenido ninguna responsabilidad?
Quienes han publicado las caricaturas (y, tras esta crisis, todos los
medios de comunicación del mundo) tienen la oportunidad de revisar de
nuevo la responsabilidad que tienen sus decisiones y ajustar, en base a
su análisis, el carácter de los próximos contenidos de su publicación.
Pero hemos de condenar absolutamente a quienes, por sentirse ofendidos,
han respondido con amenazas indiscriminadas y actos de violencia. De la
misma forma que nos parece repulsivo que el gobierno israelí
respondiera con represalias contra los familiares de los terroristas
palestinos, nos parece repulsivo que se amenace a los ciudadanos de
todo un país por los actos de los que son responsables indivíduos
concretos.
Violencia y religión
Y no queremos dejar esta cuestión sin llamar la atención sobre la
asociación entre violencia y religión que algunos parecen empeñados en
implantar en los últimos tiempos. Europa vivió guerras espantosas entre
católicos y protestantes; organizó cruzadas contra los musulmanes;
justificó la inquisición... Incluso en tiempos recientes España vivió
la pesadilla de una «cruzada» en la que el fascismo se apoyó en el
nacional catolicismo para desatar una guerra y justificar una dictadura.
Cuando el señor Bush afirma que su perversa invasión de Irak se hace
para «extender la libertad con la ayuda de dios» vuelve a utilizar la
asociación entre violencia y religión para justificar lo que no son más
que intereses humanos más próximos a la codicia que a cualquier
expresión de la espiritualidad humana. Cuando algunos líderes
musulmanes azuzan a sus seguidores para quemar mezquitas de otros
musulmanes en una pugna por el poder político y religioso, dejan ver la
misma asociación entre religión y violencia que acaba generando
muerte y destrucción y en la que no hay atisbo de espiritualidad y sí
codicia y manipulación.
La religión ha sido frecuentemente utilizada para exaltar a las masas
por su fuerte contenido de pasión. Pese a que todas ellas hablan de
amor y superación, de virtud y caridad, de paz y espiritualidad, muchos
de sus seguidores acaban queriendo expresar su profunda convicción
mediante actos que son más propios del fanatismo. Y cuanto mayor es el
fanatismo menor es la elaboración, la comprensión y, por tanto, la
calidad de su creencia.
El creyente religioso, sea de la religión que sea, trata de avanzar por
el camino de la espiritualidad. Lo hará guiado por Cristo, por Mahoma,
por Buda, por Lao Tse o por un libro sagrado. Pero siempre será el
camino de la espiritualidad. Un camino de paz, de virtud, de
solidaridad humana.
El camino de la violencia suele ser el camino de quienes utilizan a
Cristo, a Mahoma o a los libros sagrados para interpretarlos de forma
interesada y manejar de esa forma a masas apasionadas para conseguir
objetivos alejados de la espiritualidad.
Reclamemos máximo respeto (e incluso admiración) para los hombres que
quieren avanzar por el camino de la espiritualidad y guardémonos de los
líderes que utilizan la religión para enfrentar a unos hombres contra
otros. Su camino es falso y lo que dejan en las cunetas es
muerte.
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