Hijo Tirano
En los últimos días hemos oído un nuevo concepto: «hijo tirano». Ha
surgido asociado a una noticia sorprendente: miles de denuncias por
malos tratos sufridos por padres a manos de sus hijos menores.
Hasta ahora el debate solía plantearse solamente al revés: padres que
ejercían malos tratos a sus hijos. Incluso se le ha dado mucho espacio
a debates acerca de la conveniencia de una bofetada, o cualquier otra
forma de castigo físico, en la educación de los niños. Pero en esta
época de sorprendentes fenómenos hemos de confesar que nos ha
sorprendido éste de los «hijos tiranos».
Para lo menos enterados diremos que estos hijos tiranos son menores que
desarrollan un comportamiento absolutamente exigente hacia sus padres.
Este comportamiento empieza en los primeros años de vida adoptando
formas de demandas constantes y acaba frecuentemente en la agresión
física.
Vivimos años en los que las parejas acostumbran a tener pocos hijos.
Este factor se combina con un mayor nivel de vida y con la sensación de
muchos padres de que han de hacer todo lo posible por lograr la
felicidad de sus hijos y de que esa felicidad pasa por atender en lo
posible a la mayor parte de los deseos de los hijos.
Poco a poco, esos hijos van interpretando el papel de los padres como
el de meros servidores. Sus padres han de alimentarles, vestirles,
protegerles, acompañarles a las actividades, hacerles regalos,
consolarles en los momentos duros, alentarles, etc. En no pocas
ocasiones sus padres realizan tareas tan poco recomendables como
censurar a los maestros de sus hijos, disculpar sus comportamientos
censurables y/o liberarles de toda responsabilidad en las tareas de
casa.
Los hijos acaban percibiendo a sus padres más como esclavos que como
educadores. Su actitud se va haciendo más tiránica, cada día aceptan
peor las frustraciones de la vida cotidiana y al final acaban
agrediendo a sus propios padres. Se han convertido en «hijos tiranos» y
los problemas van a crecer y mucho.
Porque lo peor no es que sean o dejen de ser tiranos. Lo peor no es que
sean más o menos caprichosos o más o menos mimados. Lo peor es que
nunca más serán niños. Nunca más tendrán la edad en la que cada
elemento educativo tiene que hacer su efecto. No volverán a tener la
edad adecuada para inculcarles lo que en esa edad es fácil y
conveniente inculcar.
La vida de estos niños tiranos siempre estará lastrada por las
carencias de esas deficiencias educativas. Sí, se podrán poner medios
para reconducir su proceso evolutivo, pero como quiera que normalmente
saltan las alarmas cuando ya entran en una edad adolescente, el proceso
educativo, el proceso de socialización que ha de ir acompañando su
proceso de crecimiento físico y psicológico ya nunca podrá ser
recuperado con total normalidad.
La sociedad occidental vive en la opulencia. Pese a que podamos
encontrar importantes bolsas de pobreza y marginación, lo cierto es que
nuestra sociedad es la sociedad «más rica» que ha conocido la historia.
Nunca antes había al alcance de las personas tantas cosas. Desde
alimentos hasta tecnología casi cualquier familia tiene acceso a
multitud de cosas. Por otra parte, el sistema económico basado en el
mercado se dedica a bombardearnos con la intención de inducirnos deseos
y más deseos. Los niños son las víctimas más fáciles en este esquema.
Atentos a la pantalla de televisión, con sus ojos abiertos y sus
cerebros receptivos, reciben el aluvión de estímulos y desarrollan
todos esos deseos sin el control sobre ellos que puede plantear un
adulto. Para ellos la cuestión es fácil: se expresa el deseo a los
padres y los padres lo harán (o no) realidad.
No es de extrañar que en los últimos años se hayan disparado los
porcentajes de niños obesos y hayan aparecido fenómenos como los hijos
tiranos o la violencia en las escuelas.
Los países ricos se enfrentan a problemas que no conocían. A problemas
que antes no existían. Entre ellos los que afectan a los menores tienen
una especial trascendencia. Dentro de unos años llegará a los puestos
de decisión en todos los ámbitos de la vida una generación de adultos
que han tenido una infancia distinta, una infancia llena de deseos
atendidos.
Serán adultos poco preparados contra la frustración, acostumbrados a conseguir fácilmente lo que se proponen...
Quizás no sean adultos mejores ni peores que los de otras generaciones.
Pero serán adultos a los que les será difícil enfrentarse a carencias y
decepciones.
Ojalá que no las tengan.
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