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 Editorial, Gener 2006, Nº 141 Minimizar

El «año del Mono»

Millones de españoles se habrán propuesto dejar de fumar a partir del 1 de enero. A la clásica intención de cada año se suma en éste la nueva ley que restringe el consumo de tabaco en los centros de trabajo y en numerosos establecimientos públicos. Y por si esto no fuera ya suficiente, en el mes de diciembre se ha desarrollado una campaña tan intensa para convencer a los adictos de la conveniencia de combatir la enfermedad que ha generado una especie de corriente social nunca antes vivida en este país. Ya no es solo la ley, los no fumadores y los nuevos no fumadores están «militando» como apóstoles de la vida sin humos. Pero varias cosas se echan en falta.

Para empezar, se echa en falta una campaña de igual intensidad para penalizar el tráfico de la sustancia. Si fumar provoca tantos miles de muertos al año ¿Por qué se penaliza el tráfico de cannabis y no el de tabaco? ¿Qué razones hay para seguir permitiendo semejante negocio sin ni siquiera una amenaza de multa? Está claro que la presión de las compañias está detrás, pero no solo eso. ¿Cómo es posible que el estado siga lucrándose a través de impuestos con un negocio tan tenebroso? ¿No deberían estar ya en marcha planes para el cierre de estancos y la recolocación de las personas que viven de ellos? ¿Por qué se ha permitido la comercialización de marcas a bajo precio con la clara estrategia de hacer «fraude de ley» y de enganchar a los jóvenes?

Alegar la protección de la salud está bien como argumento, al menos mejor que aquellos argumentos economicistas que recomendaban restringir el consumo de tabaco por el coste de los tratamientos médicos de las enfermedades derivadas del tabaquismo y que siempre acababan volviéndose en contra porque la mala salud de los fumadores era siempre rentable si se consideraba no sólo el gasto  médico sino también el ahorro en pensiones por su mortalidad temprana. Pero, por otro lado, queda resolver qué se hace, por ejemplo, con el consumo de alcohol que produce un número de muertos cada año igual de inaceptable. 
En cualquier caso vivimos días históricos, de esos que se recordarán en reportajes periodísticos futuros. Entramos en el «Año del Mono» y nadie ha calculado qué va a pasar con la epidemia de «mala leche» que se va a producir en estos primeros meses por los cambios de humor propios de los procesos de desintoxicación del tabaco. Maldito Bogart!

Ordenanza y civismo

No está nada claro que el civismo pueda estimularse desde las ordenanzas. Más bien pareciera que el civismo es un sentimiento relacionado con la convivencia que se ha de educar desde la infancia lo mismo que se educan otros aspectos de la vida del ser humano. Por eso no tenemos nada claro que la ordenanza vaya a fomentar el comportamiento cívico, más bien habría que considerar que la ordenanza recientemente aprovada va dirigida a atender las reclamaciones que amplios colectivos venían haciendo ante las autoridades municipales.

El proceso de nacimiento de la ordenanza ha dejado ver esta condición. Mientras para comerciantes y amplios sectores de la ciudadanía de «vida ordenada» se trata de una medida necesaria, para otros sectores se trata de medidas coercitivas de las libertades individuales.
Patinadores, gentes de izquierdas variadas y prostitutas salieron a la calle a protestar. Unos pocos miles, siendo generosos. Un porcentaje de la población barcelonesa cuyos votos no suelen ir a los partidos representados en el ayuntamiento. Por otra parte, las asociaciones de comerciantes presionaban para que el alcalde no hiciera recortes a causa de estas presiones. Varios miles más que sí dan sus votos a los partidos principales además de ser formadores de opinión en los distritos. Entre tanto, la mayoría silenciosa cumpliendo su papel se mantenía silenciosa.

Hay que decir que la convivencia en las ciudades no puede dejarse al albur de las libertades individuales porque acabaría siendo injusto para los más débiles y que cuando aparecen discrepancias se espera de los representantes de la ciudadanía que establezcan claramente las reglas del juego de la convivencia. En este sentido, y aunque la poética de la libertad tenga su encanto, la ordenanza era necesaria porque en la calle estaba planteada la demanda de regulación. Otra cosa muy distinta es que esa o cualquier ordenanza pueda acabar con el incivismo.

«Al rey lo que es del rey, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios» decía el Alcalde de Zalamea. Al alcalde lo que es del alcalde pero el  civismo es patrimonio de la educación y la educación no se regula con las ordenanzas, decimos nosotros.      


  

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