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 Diciembre 2005, Nº 140 Minimizar

Al psicólogo?  No, no me hace falta

Cualquier conocedor de la historia le dirá que durante la Edad Media en Europa el cristianismo más oscurantista que dominaba en aquel tiempo impuso la idea de que la vida es «un valle de lágrimas». Los seres humanos llegábamos al mundo «con la mancha del pecado» a expiar nuestras culpas. Sufrir era lo natural y la resignación la actitud cristiana que correpondía. Lógicamente esta forma de ver las cosas servía muy bien a los intereses de los poderosos: reyes, nobles y a la misma Iglesia. Las plagas, la miseria, la falta de higiene y el frenazo que se dio a la medicina (mucho más avanzada en el mundo árabe y en las lejanas tierras de oriente) ayudaron a hacer que la vida de la mayor parte de la gente sí que fuera un verdadero valle de lágrimas.

La Ilustración acabó con estos esquemas tan dolorosos. La revolución francesa trajo una forma de organización social en la que la nobleza no era ya imprescindible. La ciencia evolucionó y con ella la medicina. Los avances tecnológicos dieron pie a la llamada revolución industrial y la vida de la gente comenzó, muy lentamente, eso sí, a hacerse menos sufriente. Hasta llegar a la sociedad actual en la que se habla de «estado de bienestar», las normas higiénicas se han generalizado y es más problema la obsesión por la salud y la belleza que la falta de interés por ella.

Pero hay un aspecto en el que parece que aquellos viejos postulados de la Edad Media se han quedado enquistados en las personas: el bienestar psicológico.

En pleno siglo XXI se sigue considerando que acudir al psicólogo es un fracaso. Como si «una persona que asume sus problemas» fuera un modelo a seguir. ¿Se imaginan una persona que «asumiera» sus problemas de salud física y no acudiera al médico?.

Consideramos que los médicos están ahí para ayudarnos cuando la salud física se resiente y que es normal que acudamos a un especialista. Aunque hay siempre gente que nos da soluciones caseras y consejos que a ellos les funcionaron, a todos nos parece que lo inteligente es acudir al especialista cuando se trata de solucionar problemas físicos. Incluso los problemas estéticos están empezando a ser considerados como algo qeu se debe poner en manos de profesionales.

Pero cuando se trata del bienestar psicológico sale el «medieval» que todos llevamos dentro (y el medieval que llevan quienes nos rodean) para decirnos: «¿Insomnio? no te preocupes, es normal, eso es que estás pasando un mal momento. A todos nos pasa en un momento u otro pero ya se te normalizará el sueño...» Y lo mismo con el stress, la depresión y otros trastornos no tan menores como la gente piensa. Es como si nos dijéramos: «somos humanos, tenemos que sufrir ese tipo de cosas pero es lo normal». Lo dicho, medieval.

A nadie se le ocurriría decir: «¿Que tienes cefaleas o ardores fuertes de estómago?. No te preocupes, son cosas normales que a todos nos pasan, ya se te pasará...» No, cuando se trata de problemas físicos decimos más bien esto otro: «Oye, ves al médico que estas cosas pueden no ser nada pero también pueden complicarse. Lo mejor es que te vea un especialista y así te quedarás más tranquilo».

Pero no solo es factor medieval el que me resulta sorprendente. También está el factor complejitos: «Uy al psicólogo, yo no estoy tan mal» Pero oiga señor/a, al psicólogo no se va una hora antes de suicidarse abrumado/a por el dolor; al psicólogo hay que ir para sentirse mejor en la vida cotidiana, hay que ir para analizar lo que nos está pasando, ver nuevas perspectivas, aprender mecanismos y procedimientos que nos ayuden a vivir más felices. De la visita al psicólogo se sale un poco como de la peluquería: con la sensación de estar mejor que antes de entrar. Se sale un poco como después de ver al médico: un poco más tranquilo porque se sabe más de lo que a uno le agobia. Se sale aliviado/a, reforzado/a, con las sensación de que el futuro va a ser un poco mejor que el pasado. Del psicólogo se sale más fuerte, mas seguro/a, más capacitado/a para afrontar la realidad que nos está tocando vivir.
Y una última cosa: «Es que el psicólogo es caro, prefiero aguantar» Al próximo que le oiga decir esto le grito. Sres y sras, ¡el psicólogo es más barato que la peluquería! Ambos se ocupan de mejorar nuestra cabeza, pero no lo duden, la labor del psicólogo nos hará sentirnos aún mejor que la de la peluquera.

No sea medieval! Déjese de sufrir porque le da corte acudir al psicólogo. Si quiere ocuparse, ocúpese del peinado, pero con las demás cosas de la cabeza, déjese ayudar por profesionales. 


  

Maria José, Psicóloga.
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