|
|
DIARI |
 |
|
|
|
|
|
ARTÍCULOS |
 |
|
|
|
|
|
|
Psicología, noviembre 2005, Nº 139 |
 |
|
Adaptación y cambios
Una de las características humanas que más destacan
entre todas las especies vivas es, sin duda, su capacidad de
adaptación. Los seres humanos hemos sido capaces de adaptarnos a todos
los hábitats posibles del planeta, desde los desiertos polares a los
desiertos más calurosos pasando por las selvas y las ciudades. Nos
hemos ido adaptando además a las diferentes condiciones históricas del
desarrollo técnico, desde las cavernas hasta la tecnología más moderna.
Esta capacidad de adaptación es probablemente el factor que nos
ha permitido eso que llamamos «dominar la tierra». No obstante, la
capacidad adaptativa también plantea ciertas dificultades,
especialmente cuando hablamos desde un punto de vista individual o
cuando los cambios a los que hemos de adaptarnos son demasiado rápidos.
En numerosas ocasiones hemos hablado de la estructura psicológica del
ser humano en esta columna. Hemos abordado el tema desde diferentes
perspectivas y en relación a distintos temas. Hoy lo haremos de nuevo
para hablar de la adaptación.
Los seres humanos vamos conformando nuestra estructura psicológica a
través de un arduo proceso de evolución personal desde el momento del
nacimiento y especialmente a lo largo de nuestros primeros años de
vida. En esa configuración intervienen tanto los factores de maduración
de tipo biológico como los factores que encuadramos dentro del llamado
proceso de socialización, entre ellos todos los que conocemos bajo el
nombre genérico de «educación». Dicho de otra manera, a medida que
vamos madurando psicológicamente vamos «aprendiendo» el mundo: valores,
habilidades útiles, costumbres, normas, etc.
Por otra parte, podríamos decir que a medida que nuestra estructura
psicológica se va desarrollando también se va haciendo más rígida,
menos moldeable y, por tanto, menos adaptable a los cambios. Por eso
los niños aprenden mucho más rápido y los ancianos son más reticentes a
cambios y novedades. Visto desde este punto de vista, en cada edad de
un ser humano la ecuación entre la «adaptabilidad» y la «resistencia al
cambio» varía.
Lógicamente, las personas que viven situaciones más estables tienden a
ser menos «adaptativas» que las personas que desarrollan su vida en
condiciones más cambiantes.
Este mismo esquema se podría aplicar también a las sociedades humanas.
Las sociedades más estables, más estructuradas y/o tradicionales, son
más rígidas que las sociedades más modernas, con menos historia o
menos estructuración.
Actualmente vivimos un momento histórico caracterizado por la
aceleración de los cambios. El avance tecnológico se ha acelerado y su
influencia sobre los modos de vida ha hecho que se acuñe un concepto
muy curioso: «revolución tecnológica». La revolución tecnológica ha
hecho que gran parte de lo aprendido por gene-raciones enteras se haya
quedado obsoleto. Y no hablo solo del uso de ordenadores. La revolución
tecnológica ha cambiado la vida de las personas a todos los niveles. El
ocio y el trabajo, la comunicación, los valores, las costumbres, las
espectativas, las relaciones sociales... Todo cambia rápidamente hasta
el punto de que hoy en día no tiene sentido (como lo tenía antes)
dedicar la educación a aprender por ejemplo un trabajo que se habría de
desarrollar a lo largo del resto de la vida porque no sabemos qué parte
de lo aprendido estará anticuado dentro de unos años. Por otro lado,
sea cual sea lo que una persona aprendió debe plantearse una
actualización continuada si no quiere quedarse atrás.
Para la estructura psicológica, esta necesidad de adaptación permanente
es un problema. A medida que la vida avanza nuestra estructura tiende a
hacerse más rígida y el esfuerzo de actualización nos resulta más
pesado. Ya no hablemos de la necesidad de adaptación impuesta desde
afuera: cuando nos vemos afectados por despidos masivos, cambios en
leyes y costumbres aceptadas, necesidad de incorporar aparatos nuevos,
etc.
Muchas personas experimentan una especie de agobio ante esta creciente
necesidad de adaptación. Experimentan cansancio, estréss, abatimiento,
temor al futuro, frustración y toda una serie de síntomas a veces
difíciles de explicar y mucho más de combatir. En no pocas ocasiones
ese malestar se interpreta como depresión o ansiedad cuando en realidad
se trata de otra cosa. La labor del psicólogo en estos casos puede
ayudar a identificar y corregir el problema. Pero para eso es necesario
que se le consulte.
Maria José Hernado. Psicóloga.
Consultas llamando al 627 908 300
|
|
|
|